miércoles, 28 de diciembre de 2011

Ella


No te preocupes
No lo hago…

No llores
El dolor no es tanto…

No desesperes
El escozor es tranquilizante…

No alucines
Esta es mi realidad…

No tiembles
El frio aumento…

No duermas
La oscuridad llego…

No es noche
Aun…

No duermas
No lo hare…

No es vino lo que sale de tus brazos
Lo sé…
No duermas
No lo hago…

Tus ojos se cierran
Pero no duermo…

No lo haces

El frio aumenta…
Es natural

El dolor se esfuma…
Para encarnar

No duermo..
No lo haces

¿Qué es?...
Algo mayor

¿Cuánto?...
Cuan eterno puedas imaginar

No le conozco…
Le conocerás

No es mi deseo…
No le importara

Huiré…
Te seguirá

Jamás me tomara…
No hay necesidad

¿Por qué?...
Ahora sois su propiedad

No me alcanzara…
No es necesario

¿Por qué?...
Ya está aquí…



jueves, 8 de diciembre de 2011

Vana Aferración

Los ojos inyectados en sangre, el cansancio y pesadumbre reflejados en su mirada eran claras y patentes evidencias de la nebulosa naturaleza, el dolor aglutinado en la espalda de un perturbado ser, arrastrando la esperanza, añorando redimirse. De entre sus labios escapo un errático suspiro como preludio de un corrosivo nuevo día, recelosa introdujo sus pies – desprovistos de calor alguno – dentro del calzado junto a la mullida cama, froto con el dorso de la mano los irritados ojos reprimiendo el escape de  presuntuosas lagrimas,  deslizándose tambaleante sobre las frías baldosas se detuvo frente la tibia luz que bañaba su rostro, sonriendo vanamente a la lejanía tras el ventanal. 

De nueva cuenta rememoro agriamente aquello que le había mantenido en el más desalentado recoveco en su habitación, echa un ovillo, mancillada y sollozante, implorando el termino de la pesadilla que se había convertido su vida, trasfigurando su entorno en un  vulgar lienzo de pasividad, sumergida en el sopor putrefacto, aprisionada desde aquel día.

Aquella noche, horas atrás, el punzante recuerdo golpeteaba  dolorosamente las paredes tapizadas con las desperdigadas imágenes  moribundas  que acudían a cada sueño trocándolos en lacrimosos delirios infructuosos, gimiente imploró – hasta desgarrar su garganta – el final piadoso de su vacía vida, un pequeño lapso compasivo de indolencia adormeciera los sentidos que irónicamente conspiraban en su contra, levanto la mirada buscando entre las nubes vestigios de una fe que había cedido ante el pedregoso camino comenzado desde los escombros, delineando la tangible silueta del pasado, antes de anclarse y ser solo deplorables despojos corrompiéndose entre el tiempo y egoísmo.

Displicente giro sobre sus talones, caminó hasta el espejo de cuerpo completo –, enmarcado por una despostillada moldura de madera desgastada – apoyado en una esquina, al otro lado de la habitación. Posando los grandes orbes – turbados de antaño – en el reflejo, llevó su lacerante mirada a cada extensión de una degenerada encarnación desesperanzada,  estudió detenidamente las magulladuras que se alargaban a lo largo de sus miembros – trazando incoherentes mapas diseminados –, el raido vendaje alrededor de la coronilla,  que cubría un  corte sangrante en su frente, examinando inexpresiva el cardenal del costado izquierdo de su rostro, prolongado de sien a mentón, las piernas con recién restablecidas fuerzas, flaquearon ante la desfigurada visión, en un instante repudió su repulsiva apariencia, rechazo las pústulas emplazadas en el vasto manchón amoratado, maldijo las hendiduras que surcaban grotescas su rostro, que alguna vez fue terso y atrayente, y por encima de toda su repelente constitución, desprecio la vida  que obtuvo intercambiando lo que más amaba en un periquete acobardamiento.

Aturdida evocó el principio de una cadena de ascendentes devastaciones, desgastados retazos de proyecciones empapadas en sufrimiento que pasados los episodios no menguaban. En su mente se reprodujo como en un centenar de veces atrás había revivido en la inconsciencia, sumergiéndola a las más profundas brechas donde silenciaba los miedos que en noches de invierno atenazaban su malograda alma.

Entre cortinas de polvo y estores fragantes de madera recién cortada, vislumbró su silueta, con largas zancadas cruzo el pequeño taller hasta quedar dos pasos tras él. 

El tiempo avanzó y todo fue distorsionado al sentir el suelo vibrar bajo sus pies, el frio recorrió a lo largo su columna, escucho distante la voz de su padre.


Horas de recuerdos pasaron como luz entre sus manos – sin siquiera poder intentar aprisionarlas y soñar un nuevo futuro –, arañando los sentidos, goteando desde resquicios, mojando las heridas supurantes.

-          Eider ven aquí… rápido – vocifero inquieto, tratando de pensar mientras sentía avivarse el meneo del piso.

-          ¿Qué pasa?... papá todo se mueve… – artículo asustada, tomando con su pequeña mano el borde de la mesa cerró los ojos comenzando a llorar.

Los contenedores de especias, lozas, adornos y demás comenzaron a oscilar peligrosamente, las bombillas colgantes sobre su cabeza bamboleaban enérgicas, muebles junto con los demás utensilios en la casa se balanceaban vigorosamente, espantada intentó salir de la amenaza potencial que representaba seguir parada ahí pero las sacudidas acrecentaban a cada segundo, al caminar perdió equilibrio y trastabillando cayó de bruces, desesperada manoteo queriendo asirse antes de caer y reducir la fuerza del impacto, con un manotazo tiró una vasija al suelo, estrellándose escandalosamente revistió la superficie con trozos de cristal, astillas y  fragmentos de material roto, aterrada interpuso las manos tratando de protegerse e imperiosamente en un instante todo fue sumergido en un mar completamente negro, sintió el calor resbalar desde su frente a lo largo de su rostro, a sus oídos llegaron ruidos ensordecedores, una voz en grito, la cabeza le estallaría en cualquier momento y susurrando ruegos dejo que todos los sentidos que aún trabajaban se apagaran irremediablemente.

Entre recuerdos sintió el mismo estremecimiento que le embargo aquel día y resignada sonrió melancólicamente. Resuelta cruzo la habitación hasta el diminuto armario, abrió el ultimo cajón de donde extrajo una sabana, tan simple e importante para lo que se proponía.

-          Eider…Eider…Ei… ¡dios!... ¿estás bien?   – aletargada logró percibir la voz ahogada en terror de su padre. 

Un punzante ardor escoció en su frente, palmeo la superficie y horrorizada se tenso sobre las baldosas, una fría mano ceso el contacto acomodando su brazo a uno de los costados, incapaz de otra cosa parpadeo hasta depurar su vista empañada por granates lagrimas. Contantes, en pequeños momentos las sacudidas volvían, menguaban y la estabilidad se asía. Confundida se irguió, con un mejorado plano de visión, estudió todo a su alrededor; el tono en su rostro bajo al ras de sus pies y el calor abandono su cuerpo, recelosa paseo de nuevo la mirada, antes de terminar su recorrido de nueva cuenta la misma mano le refreno, empajándole lentamente hacia atrás, colocándola sobre su anterior sitio, aterrada viro la cabeza reparando en la presencia de su padre.

Todo volvió a enmudecer, silencio hostigaba sus  oídos, luz que se filtraba entre los muros desechos  – su único paisaje – palideció, llevándose consigo toda calidez que abandonaba sincronizadamente su cuerpo.

Un acceso de tos le avasalló al sentir vívidamente la falta de oxigeno que padeció su frágil cuerpo esa pasada tarde otoñal. Sintió su piel vibrar igual que aquella vez donde el concreto bajo sus pies cedió. Ida se dejó caer sentada en la cama y aprensiva estrecho la sabana contra su infantil pecho – así como lo hizo con la mano de su progenitor – mientras sentía como el frio calaba hondo hasta sus huesos. Permitió deslizarse conocidas lágrimas por su rostro – que inclementes escocieron – rosando delicadamente el cardenal y las pústulas sangrantes al tanto que hacia girones el extenso retazo de tela entre sus manos.

Entonando la misma canción que su padre tarareo en su oído trenzó los rasgados pedazos de sabana. Temblorosa anudo un extremo dejando un aro en medio, acomodo y tiro de ambos lados para a compacta.

-          ¿Que nos hace seguir estando vivos, aferrándonos a la vida sin remordimiento a lo que seamos capaces de hacer para conseguirlo?  - entre cavilaciones recordó el momento en que pregunto a su padre aquello que siempre estuvo presente en sus pensamientos desde el día que murió su madre. 

Araño las paredes de su mente buscando el tris de la respuesta que seguramente apaciguó su alma en ese tiempo - pero que ahora lo volvía todo incierto – entretanto columpiaba el nudo que había hecho minutos atrás con los retazos de sabana.

-          Dime papá… para que luchar si el destino final de todos es el mismo, para que pretender aplazar lo inevitable – le dijo viendo como abría los ojos desconcertado.

Empapada en los recuerdos cruzo la habitación, tomo un banquillo de una esquila emplazándolo en medio del cuarto, subió a él y ató el extremo libre del trenzado al firme ventilador de aspas asido al techo.

-          Eres aun una niña muy pequeña para poseer ese tipo de mentalidad hija… - le dijo sonriendo – sobre la respuesta; esa creo, es nuestra naturaleza, buscar la manera de sobrevivir, algunas de las veces sin preguntarnos que habrá después de ello… – respondió luego de una pausa.

-          Pero yo… - paro acallada por su padre.

Entre la oscuridad y sosteniendo su destino entre las manos condenó.

-          Ahora sé que te has equivocado padre…– murmuro acomodando el nudo alrededor de su cuello - Esa no es mi naturaleza…

Afirmo antes que la atadura acunara su cuello dejando que todo su peso pendiera de su tráquea, falta de oxigeno reconstruyo completamente el ultimo recuerdo con su progenitor.

-          Prueba de ello es esto – explico señalando el corte en la frente su hija - ¿recuerdas como te hiciste eso?...- pregunto sin esperar respuesta – cuando estabas a punto de caer arrojaste manotazos, intentando impedir tu inminente caída, algo así como tú “destino”, no importa que vendrá después Eider, no hay razón para vivir, por ello vivimos…por que tampoco la hay para morir… – contesto cuando la niña negó con la cabeza. – esa es y siempre será tu naturaleza, la cual no siempre vencerá. – sentencio antes de ser asfixiado por los escombros que presionaban su abdomen.

Sometida a la presión en la garganta pataleo con propósito de asirse a algo estable, desesperada se meció hasta chochar con el inestable taburete, derribándolo.